(Texto publicado en 'Nación Árabe', núm 46, Año XV, Invierno 2002, publicación del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe)

http://www.nodo50.org/csca/na/na46/informe-pres46.pdf

El nuevo contexto internacional tras el 11-S permite ganar tiempo a un régimen que ha demostrado su incapacidad para resolver los problemas que han transformado a Argelia de un país modelo para el Mundo Arabe en un compendio de los más diversos conflictos sociales y que se ha alienado irremisiblemente a su pueblo

¿ADÓNDE VA ARGELIA?

Un régimen contra su pueblo

Iván Martín
Profesor de Economía Política de la UE y el Mediterráneo, Middlebury College in Spain

El 5 de julio de 2002, Argelia festejará sus cuarenta años de independencia. Antes, el 12 de enero de 2002, se cumplirán diez años de la suspensión de la segunda vuelta de las elecciones generales que supuso el final de una breve etapa de liberalización política y el comienzo de una auténtica guerra civil que ha causado más de 110.000 muertos y ha alienado irremisiblemente al pueblo argelino del régimen que lo gobierna. Y, sin embargo, durante los años sesenta y setenta, Argelia era todo un modelo a emular para el Mundo Arabe y, más en general, para todo el Tercer Mundo. ¿Qué ha pasado?

Lejos de disfrutar de una "soberanía otorgada" -y a menudo hipotecada- por las potencias coloniales, como tantos otros países del Tercer Mundo, Argelia ganó su independencia mediante una sangrienta guerra civil (1954-1962) en la que Francia, como potencia colonial, no escatimó brutalidades de todo tipo (un millón de muertos, dos millones de internados en campos de concentración y 500.000 refugiados).

Además, durante su primera década de independencia, la República Argelina Democrática y Popular fue un paradigma de convivencia entre una sociedad moderna y plural y una tradición islámica a la que no se renunciaba, todo ello reforzado por los indudables avances sociales: emancipación de la mujer, derechos de los trabajadores, escolarización universal (1973) y asistencia sanitaria y medicamentos gratuitos (diciembre de 1973), precios populares para los productos básicos de consumo y construcción de infraestructuras urbanas. Este Estado de bienestar embrionario se sustentó en la explotación de los recursos del petróleo, que daba a Argelia los medios para garantizar la autonomía a la que aspiraba e incluso de financiar un proceso de industrialización sumamente ambicioso.(1)

Por si no fuera suficiente, en la escena internacional Argelia -representada entonces, como ministro de Asuntos Exteriores, por el actual presidente Abdelaziz Buteflika, un fino diplomático- apostó firmemente por la consolidación del Movimiento de Países No Alineados, mostró su solidaridad con numerosos movimientos de liberación nacional en otros países del Tercer Mundo y lideró el movimiento en defensa de un nuevo orden económico internacional que culminó con la Conferencia de la UNCTAD de 1974 y una reunión del Movimiento de Países No Alineados celebrada en febrero de 1975 precisamente en Argel (que ya había acogido otro año y medio antes, en diciembre de 1973).

En poco más de una década, en 1988, Argelia era un país a punto de la quiebra económica que se vio obligado a renegociar una deuda externa que le asfixiaba y aplicar un duro programa de ajuste estructural que originaría un rápido deterioro de las condiciones de vida de la población y el cuestionamiento del modelo de reparto de la renta del petróleo que había existido hasta entonces. Ante las revueltas populares que se registraron en el mes de octubre de ese año, el régimen del partido único reaccionó con una apertura política que pareció cristalizar en un proceso de transición a la democracia, y de profundización de las reformas económicas para pasar de una economía de planificación central a una economía de mercado, como sólo un año después empezaron a hacer tantos otros países en transición de la periferia Este de la Unión Europea.

Diez años después de la brusca interrupción de ese proceso mediante la suspensión de la segunda vuelta de las elecciones legislativas, en enero de 1992, el Gobierno argelino se enfrenta a una rebelión generalizada de su pueblo, pues eso son las revueltas de la pasada primavera. (2) Lo que resulta aún más revelador: Argelia figura como estudio de caso de la mayoría de los proyectos internacionales de investigación sobre los "Estados fallidos" (3), y nadie se atreve a descartar los escenarios alarmistas sobre su futuro, que van desde las perspectivas de un estallido social hasta la victoria final de los islamistas, pasando por una "sudanización" -alianza para el reparto del poder entre islamistas y el Ejército- o una "colombización" -pérdida de control de parte del territorio a manos de la guerrilla- del país.

Lo más grave no es que pueda hablarse de la década perdida -o más bien ominosa- para el desarrollo y la democratización de Argelia -los dos santos y seña de cualquier proceso de transición-, sino que la situación se encuentra enquistada, sin un proyecto político claro ni por parte del régimen militar ni por parte de la oposición islamista, y con una población en ebullición que no permite hacerse ilusiones sobre las perspectivas de estabilidad de una zona tan próxima y sensible para Europa. Los errores políticos se han acumulado, y las diferentes dimensiones de la problemática argelina se han ido sedimentando hasta tejer un conflicto poliédrico, en el que las fracturas se van superponiendo en nuevos estratos que hacen cada vez más difícil una solución que dé respuesta a todos los problemas.

Vectores del conflicto

Una primera tipología de los factores de inestabilidad en la Argelia actual pone de manifiesto el fracaso del régimen argelino para utilizar los resortes fundamentales del poder al servicio de un proyecto político nacional viable y estable. Los vectores de crisis de la cada vez más compleja situación argelina son múltiples.

PROBLEMAS ESTRUCTURALES
Para empezar, Argelia debe hacer frente a serios problemas estructurales de difícil solución que pueden convertirse en una fuente de inestabilidad a corto y medio plazo.

1) Explosión demográfica
Aunque la tasa de natalidad ya ha comenzado a disminuir, la extremada juventud de la población argelina (el 70 % de sus 30,5 millones de habitantes tienen menos de 30 años) se traduce en unas proyecciones de población más que preocupantes: en el año 2025 la población habría aumentado a 50 millones de personas, intensificando la presión sobre la tierra (sólo el 3% del territorio argelino es cultivable, una parte importante de él ocupado ya por la expansión urbana, con lo que hay 0,26 hectáreas de tierras cultivables por persona) y las disponibilidades de agua (con 485 m3 por persona y año, están ya muy por debajo de lo que Naciones Unidas considera "escasez crónica"), así como sobre las infraestructuras de vivienda (en 1995, el Banco Mundial ya calculaba que, en determinados suburbios urbanos, el hacinamiento llegaba a una media de ocho personas por cada vivienda de tres piezas). El potencial migratorio es enorme en un país que, desde que en 1994 se cerró la frontera con Marruecos, ha estado prácticamente clausurado del exterior, pero que tiene una larga tradición migratoria (cerca de un millón de emigrantes de primera generación en Francia).

2) Dependencia comercial y financiera
La reciente caída de los precios del petróleo augura una nueva etapa de turbulencias sociales en Argelia y pone de manifiesto el fracaso más lacerante de la política económica argelina desde la independencia: el país que con más firmeza proclamó su independencia con respecto a las grandes potencias y a las empresas multinacionales ha acabado adoleciendo de una dependencia económica absoluta de los mercados internacionales: el 97% de las exportaciones de Argelia -y, con ello, el 41% de su renta nacional y el 77% de los ingresos del Estado- proceden de los hidrocarburos, el gas y el petróleo; pero es que además Argelia necesita importar más del 90% de los alimentos básicos que consume, desde los cereales a los productos lácteos, pasando incluso -en tierra de olivos- por las grasas vegetales. Esto supone una factura anual de más de 2.000 millones de dólares que debe financiar, en la mayoría de los casos, mediante créditos comerciales que se acumulan a una deuda externa de más de 25.000 millones de dólares.

LEGITIMACIÓN
El régimen argelino -el sistema político oficial, el Ejército- ha dilapidado el capital de legitimidad que acumuló durante la Guerra de Independencia y ha sido incapaz de construir fuentes alternativas de reconocimiento e identificación por parte de su población.

3) Violencia islamista y fracaso de la Ley sobre Concordia Civil
La guerra civil que desangra Argelia desde hace diez años -que ha causado ya más de 110.000 muertos, lo que la hace una de las más mortíferas del mundo en los años noventa- ha conocido fases de mayor o menor virulencia y de mayor o menor presencia en los medios de comunicación internacionales, pero en ningún momento ha remitido el clima de terror y violencia descontrolada en buena parte del territorio nacional habitado, y ni los medios militares ni las estratagemas políticas han conseguido erradicar las causas profundas que la desencadenaron. Desde enero de 1992, el país ha vivido ininterrumpidamente en estado de emergencia. Como mucho, a partir de la primavera del año 2000 quedó claro que la Ley sobre Concordia Civil, el principal proyecto político de la presidencia de Abdelaziz Buteflika, ha sido un fracaso, y desde entonces el régimen flota a la deriva y a la defensiva. El artículo de Luis Martinez en este mismo Informe explica las causas de este fracaso.(4)

4) Corrupción
Más que una irregularidad o siquiera una gangrena que mina la Administración, en Argelia la corrupción se ha convertido en un auténtico eje vertebrador del régimen político y de los circuitos de distribución del poder y la renta. Tras un primer período de corrupción "clásica" en torno a las divisas del petróleo y los grandes contratos del Estado, durante los años ochenta y noventa el negocio más próspero ha estado en los monopolios informales de la importación de bienes de consumo (en particular, productos alimenticios y medicamentos) detentados por grupos casi siempre próximos a la cúpula militar, que han defendido sus intereses por todos los medios, incluida la coacción, con métodos que el presidente Budiaf no dudó en calificar, en un discurso el 23 de abril de 1992, de "mafias político-financieras". (5) Aunque avanza lentamente, el vasto plan de privatizaciones parece ser la próxima gran frontera de la corrupción. Hasta qué punto la lacra de la corrupción resulta difícil de extirpar lo pone de manifiesto el propio caso de Budiaf, asesinado dos meses después por un suboficial de su escolta en lo que, según palabras textuales de la propia comisión de investigación oficial, fue un "complot" de esas mismas "mafias político-financieras". Máxime si se tiene en cuenta que la corrupción ha calado hondo en todos los estratos sociales argelinos, y la particular "cultura del pelotazo" argelina se ha convertido en la principal y muchas veces única ocupación y preocupación de una parte importante de los jóvenes dedicados al trabendo o a la pequeña delincuencia organizada.

5) Militarización del poder
El núcleo duro del poder en Argelia lo forman desde hace más de diez años cinco generales (Khaled Nezzar, Mohamed Lamari, Tewfik Médiéne, Smain Lamari y Larbi Belkheir) situados en puestos clave del Ejército, el Gobierno, los servicios secretos y las fuerzas de seguridad, cuya expresión institucional es el Alto Consejo de Estado. Ellos son los principales beneficiarios del botín, sin olvidar su interés creado en que la violencia no ceje como coartada perfecta para proclamarse en "salvadores de la democracia y la república" (sic). Pese a sus reiterados lavados de cara, son conscientes de que su suerte personal depende en gran parte de su capacidad para mantener las riendas del poder, y tienen recientes los ejemplos de Pinochet o del Tribunal Internacional para los crímenes de guerra en la antigua Yugoslavia (de hecho, el general Nezzar ya es objeto de un proceso por torturas en Francia). De ahí el nerviosismo ante las cada vez más frecuentes revelaciones sobre violaciones de los derechos humanos -se contabilizan 4.800 desaparecidos- y participación del Ejército en algunas de las matanzas en Argelia. De momento, los militares parecen dispuestos a vender cara su piel, lo que supone un obstáculo más a cualquier salida negociada del conflicto.

6) Militarización de la sociedad
Uno de los errores políticos más trascendentales del régimen argelino en los últimos años fue el de "privatizar" la lucha contra la guerrilla islamista en las zonas rurales, organizando y distribuyendo armas entre "grupos de autodefensa" formados por civiles que, si bien han contribuido a asegurar un mejor control sobre el territorio y a limitar el margen de maniobra de la guerrilla, han favorecido una cierta "feudalización": aparición de auténticos señores de la guerra locales (naturalmente, con mucha frecuencia vinculados a redes de corrupción), recurso cada vez más frecuente a la violencia para resolver los conflictos (pequeñas venganzas personales, luchas entre clanes, etc.) La consolidación de estas milicias de 100.000 hombres es una de las grandes sombras que se ciernen sobre la estabilidad futura de Argelia.

VERTEBRACIÓN E INTEGRACIÓN POLÍTICA Y SOCIAL
7) Marginación de la mujer y Código de Familia
Las mujeres son las grandes perdedoras de los últimos veinte años de la sociedad argelina. Si ha habido una constante en la política argelina en estos años, ha sido la de permitir e incluso alentar la islamización -en el sentido más regresivo del término- de la sociedad como contrapunto a la exclusión de los movimientos islamistas -moderados o no- de la vida política y a la represión que sufren. El Código de Familia de 1984, básicamente refrendado en 1998, priva a la mujer de los derechos humanos y civiles más básicos, restringiendo las posibilidades de divorcio, tolerando la poligamia y desposeyéndola de su patrimonio en caso de repudio del esposo. Pese al activismo de un gran número de pequeñas organizaciones feministas, en la vida diaria las mujeres argelinas han ido perdiendo inexorablemente espacios de libertad en términos tanto de vestimenta como de educación o participación política. Lo que es más grave, se trata de una cuestión que ha ido quedando paulatinamente marginada del debate político.

8) Exclusión y represión
Seguramente el hilo conductor que permite dar sentido a la política económica argelina de las dos últimas décadas es el de la gradual exclusión de nuevos grupos sociales del proyecto nacional y reducción del círculo de los privilegiados que participan en los circuitos de reparto de las rentas del petróleo. Antes, durante los años setenta, habían sido los habitantes de las zonas rurales, que vieron como eran relegados en la explotación de las tierras por los veteranos de la Guerra de Independencia y como la agricultura caía en la incuria. Entre 1983 y 1995, fueron los segmentos más desfavorecidos de la sociedad, que vieron reducirse hasta desaparecer los subsidios a los productos alimenticios de primera necesidad, los medicamentos y otros bienes de consumo, que hasta entonces representaban su "parte del pastel" de las rentas del petróleo. En el último lustro, los grandes perjudicados han sido los 450.000 trabajadores relativamente privilegiados de empresas públicas que han perdido su empleo como consecuencia de la política de ajuste y de privatizaciones y han venido a sumarse a los cerca de tres millones de desempleados que recogen las cifras oficiales (un 30% de la población activa). Las prestaciones de desempleo de estos antiguos asalariados (70% del salario durante un período medio de dos años) empiezan a agotarse, por lo que las tensiones sociales de esta clase media trabajadora pauperizada amenazan con agudizarse. La exclusión tiene su correlato político en el alcance cada vez más extenso de la represión: grupos islamistas, activistas beréberes, disidentes...

9) Identidad cultural y derechos culturales y políticos del pueblo beréber
Argelia conoce un caso extremo de triglosia o trilingüismo en el que el árabe, el francés y el amazigh se utilizan en ámbitos y circunstancias bien diferenciadas, erigiéndose de hecho en instrumentos de exclusión social (jóvenes escolarizados en árabe que no pueden acceder a las élites económicas e intelectuales de expresión francesa) o de discriminación (el reconocimiento del amazigh, primera lengua de cinco millones de argelinos, sigue siendo escatimado por las instancias oficiales). El artículo de Luz Gómez García en este Informe profundiza en esta cuestión. Por otro lado, la comunidad beréber -especialmente de la Cabilia- ha visto negada su contribución a la identidad colectiva argelina -como explica Ana Torres García en su artículo en este Informe- y, en la última década, se ha encontrado entre la espada y la pared ante la polarización del debate político y de la violencia entre las guerrillas islamistas y un Ejército al que ve como el brazo represor de un poder central que se resiste a reconocer sus derechos colectivos más elementales.

10) Descomposición del sistema de partidos políticos
Uno de los síntomas más preocupantes de la degeneración del tejido político argelino es la desarticulación del sistema de partidos, que dificulta cualquier solución democrática al actual deterioro político. Para empezar, se trata de un problema generacional: con la excepción de los líderes islamistas, todos los líderes políticos argelinos pertenecen a la generación de la Guerra de la Independencia, están bien entrados en la sesentena y están muy lejanos de las percepciones y preocupaciones de la inmensa mayoría de la población argelina, ese 70% que tiene menos de treinta años. En segundo lugar, las manipulaciones políticas del régimen y el propio acomodamiento de las élites políticas al sistema de cuotas de poder han provocado la difuminación no ya del perfil ideológico, sino de las propias estructuras internas de la mayoría de los partidos políticos y su completo descrédito entre la población: el otrora partido único, el Frente de Liberación Nacional, sigue en franco proceso de descomposición; el Frente Islámico de Salvación, además de ilegal, está desprestigiado entre la población por considerársele en parte responsable de la guerra civil, y su capital político es una de las grandes incógnitas del panorama argelino; el Reagrupamiento Democrático Nacional, el partido del poder, no deja de ser un artificio creado en los tiempos de Zerual para dar una fachada democrática al régimen; el Reagrupamiento por la Cultura y la Democracia, de raíz beréber, difícilmente puede librarse del desprestigio de haber apoyado a Buteflika, de cuyo Gobierno se vio forzado a retirarse un tanto tardíamente tras las revueltas de la Cabilia la primavera pasada; el Frente de Fuerzas Socialistas, que es uno de los partidos que han mantenido una mayor coherencia, está dirigido por el septuagenario Hocein Ait Ahmed desde su "exilio sanitario" en Suiza; y los partidos islamistas moderados, como Ennahda (Movimiento para el Renacimiento Islámico), que también apoyó a Buteflika en las pasadas elecciones, difícilmente pueden coger el testigo del FIS. Todo ello impide que los partidos políticos cumplan su función esencial de canalización y representación de los intereses y opiniones de la población, y que difícilmente puedan erigirse como interlocutores del régimen.

INSERCION EXTERNA
11) Intereses petroleros
La explotación de los hidrocarburos y las rentas provenientes de las exportaciones de petróleo y gas siempre han estado íntimamente ligadas al devenir político de Argelia desde la independencia (6) y han sido el motor de las políticas públicas (sobre su función de legitimación del poder, véase el artículo de Aurèlia Mañé Estrada en este Informe sobre la función sistémica de SONATRACH, la empresa nacional de petróleo y gas, y sus perspectivas de privatización). Desde 1991, la situación se complica por la entrada en el sector de multinacionales petroleras (las empresas norteamericanas tienen inversiones por valor de 3.000 millones de dólares en el sector petrolero argelino). La parálisis de la política americana y especialmente europea hacia Argelia y el apoyo vergonzante al régimen se explica en parte por el terror ante la perspectiva de un gobierno islamista o de una avalancha migratoria hacia Europa, pero también tiene mucho que ver con la importancia de Argelia para el suministro energético de Europa del sur (en España, de Argelia proviene, a través del Gasoducto Europa-Maghreb, el 70% del gas consumido, porcentaje que en Portugal llega al 100% y en Italia al 55% a través del gasoducto Transmediterráneo). Ante el riesgo de "desestabilizar" un país estratégicamente tan importante -un Estado pivote para la región, como recuerda Yahia Zoubir en su artículo en este Informe sobre las relaciones entre Estados Unidos y Argelia-, los países occidentales prefieren dejar los principios a un lado y optar por el "mal menor" del régimen actual, que al menos garantiza sus intereses.

12) Conflicto con Marruecos
Las relaciones exteriores de Argelia se ven continuamente perturbadas, igualmente, por las tirantes relaciones con Marruecos, cuyo elemento más visible es el apoyo argelino -cada vez menos inquebrantable, por otro lado- al Frente Polisario y a la independencia del Sahara Occidental, pero que presenta muchos otros aspectos que mantienen la extensa frontera entre los dos países cerrada desde 1994, como las acusaciones mutuas de infiltraciones de terroristas islamistas. El bloqueo de las relaciones argelino-marroquíes hunde sus raíces profundas en las suspicacias del Ejército argelino hacia la tradición expansionista marroquí y el escaso interés de los grupos que poseen el monopolio de la importación de diversos productos de consumo en la integración económica entre los dos países, que explica que la Unión del Maghreb Arabe (creada en 1989 por los dos países junto con Libia, Túnez y Mauritania) nunca haya llegado a despegar. Sin embargo, la integración regional magrebí es una condición necesaria para atraer inversión extranjera -cada uno de estos mercados nacionales por separado es demasiado estrecho-, que a su vez es una condición para el éxito de las reformas económicas liberalizadoras aplicadas con vistas a la zona de libre comercio con la Unión Europea negociada en el marco de la Asociación Euromediterránea. Por consiguiente, la animosidad hacia Marruecos introduce una contradicción estructural en el modelo de reformas económicas aplicado desde 1983.

En cualquier caso, no es cierto que este auténtico "catálogo de conflictos" ponga en peligro la unidad nacional como país de Argelia: a pesar de lo que pueda parecer, uno de los pocos tipos de conflicto que no está presente en Argelia es el conflicto separatista, como explica Ali Guenoun en este Informe en su artículo sobre las recientes revueltas beréberes. A diferencia de otros países árabes, en Argelia la larga y sangrienta Guerra de la Independencia contribuyó a crear un sentimiento de identidad colectiva muy sólido. El espectro de una fragmentación del país sirve más bien de coartada para justificar la perpetuación del régimen como único garante de la unidad nacional.

Pero eso no hace menos explosiva la situación en Argelia. Cada uno de los factores de inestabilidad que se han enumerado es por sí solo sumamente complejo, multidimensional, sujeto a dinámicas propias. Ello hace muy difícil imaginar una solución simultánea a esta ecuación de múltiples incógnitas, que muy probablemente esté infradeterminada. Encontrar una solución que dé respuesta a las muchas facetas de este auténtico Cubo de Rubik no sólo resulta difícil en la práctica: ni siquiera desde un punto de vista puramente analítico es sencillo. En 1992, Mohammed Budiaf, figura carismática de la Guerra de la Independencia poco después llamado a ocupar la presidencia del Consejo de Estado en un último intento de sacar a Argelia del impasse en el que la suspensión de las elecciones la había sumido, escribió un libro titulado precisamente "Adónde va Argelia" (7). Pocos meses después fue asesinado, como si pensar sobre el futuro fuera delito.

Escenarios de futuro

En cualquier caso, lo que sí puede afirmarse es que cualquier escenario de solución pacífica de las fracturas económicas, sociales, políticas e identitarias argelinas pasa por tres condiciones ineludibles:

· Restablecer la legitimidad del Estado, para lo que es necesario, en primer lugar, que el Estado recupere el monopolio de la violencia en el territorio argelino, poniendo fin tanto a la violencia islamista como a la actividad incontrolada de los grupos de autodefensa y los abusos permanentes del Ejército y de las fuerzas de seguridad del Estado. Para que ello sea posible, habrá que "desmilitarizar" la toma de decisiones políticas y los centros de poder económico, y sentar las bases institucionales para atajar la corrupción generalizada. Pero todo ello supone desmontar, tanto a nivel institucional como a nivel personal, el aparato de poder que ha gestionado Argelia durante los últimos veinte años, lo que difícilmente podrá conseguirse mediante una evolución "desde dentro" del propio régimen, como lo pone de manifiesto el hecho de que ni el drama de la guerra civil, ni los cambios en el entorno internacional, ni el divorcio absoluto entre el pueblo y el poder hayan conseguido que el régimen ceda ni un ápice en el control de los resortes fundamentales del poder.

· Puesto que las causas del fracaso de Argelia son eminentemente políticas, son necesarias soluciones políticas. Como condición previa, es necesario un proceso de "reconciliación nacional" que dé lugar a un diálogo entre el régimen y la oposición islamista. Reconocer a los islamistas como interlocutores políticos es el primer paso para expiar el "pecado original" que supuso la suspensión de las elecciones en 1992. Pero en dicho diálogo deben participar todas las demás fuerzas políticas argelinas organizadas, incluidos los representantes de las comunidades beréberes. El objetivo debería ser establecer las bases para una refundación del sistema político argelino -un auténtico proceso constituyente- y abrir un proceso de democratización que desemboque en unas nuevas elecciones libres y en el reconocimiento de la pluralidad política, lingüística y religiosa. Difícilmente este proceso puede avanzar sin un nuevo Gobierno que gestione la transición y en el que estén representados sectores ahora excluidos de los círculos del poder.

· Para que sea sostenible, este proceso de transición negociada debe tener consecuencias positivas inmediatas para la vida diaria de los argelinos, en términos de reducción de la violencia, pero sobre todo de condiciones de vida. Ya no basta con soluciones puramente políticas. Sin una estrategia de desarrollo que cree empleo para la inmensa mayoría de los jóvenes excluidos ninguna solución al conflicto argelino será duradera. La reforma del sistema educativo es la otra gran prioridad de política social.

Pero el régimen argelino no parece dispuesto a soltar la presa en ninguno de estos tres ámbitos. De hecho, los atentados del 11 de septiembre y el nuevo entorno internacional le han permitido ganar tiempo y convertirse en una pieza útil del rompecabezas de la "coalición internacional contra el terrorismo". Es más, la repentina conversión de todas las grandes potencias y los Gobiernos occidentales a las tesis "erradicadoras" contra el terrorismo islámico ha venido a legitimar a posteriori, al menos a los ojos de los responsables del régimen, todos los excesos de la guerra civil en Argelia. Las conexiones entre las redes internacionales del terrorismo islámico y algunas células de los GIA y del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate ha permitido al régimen argelino aportar información útil sobre ellas y exigir a cambio un mayor compromiso, en particular de Estados Unidos, con su régimen. La reacción pública de uno de los generales más prominentes inmediatamente después del 11 de septiembre viene a confirmar la escasa voluntad del Gobierno argelino de contribuir a una solución pacífica, e incluso el ánimo revanchista con el que sale de una situación de acorralamiento político y mediático, así como de creciente preocupación internacional sobre su capacidad para gestionar la situación, de todo lo cual el 11 de septiembre ha venido a rescatarlo: "Ahora ya se sabe quién mata en Argelia". (8)

Esto pone de manifiesto que difícilmente Argelia puede salir por sí sola de la situación en que se encuentra. Durante los años noventa, una de las tesis recurrentes entre los analistas sobre Argelia era la de que "la solución a la crisis argelina debe partir desde dentro" (9) o que "ninguna presión exterior podrá modificar el proceso sociológico en curso" de reasignación del poder social y político (10). Otras voces se pronuncian contra cualquier posible "injerencia humanitaria" internacional en Argelia que nadie se ha planteado seriamente. Sin embargo, lo cierto es que durante todos estos años la injerencia ha existido realmente, pero en apoyo del régimen argelino, bajo la forma de inversiones petrolíferas -en el caso de Estados Unidos- y de cuantiosos créditos concesionales por parte de la Unión Europea, por no mencionar la venta nunca interrumpida de armas y material antidisturbios. Desde la llegada al poder de Buteflika, este apoyo incondicional de los países occidentales al régimen argelino se ha hecho más explícito, con un frenético intercambio diplomático destinado sobre todo a dar lustre internacional al régimen, que ha incluido visitas de Buteflika a Estados Unidos -por dos veces, en julio y en noviembre de 2001, en la última recibido por el Presidente Bush, que ahora parece más dispuesto a vender al régimen argelino material avanzado de lucha antiterrorista que hasta ahora siempre se había resistido a poner en sus manos-, Francia -donde ningún presidente argelino había sido recibido desde 1992- y España, así como visitas a Argelia de Jefes de Estado o de Gobierno extranjeros como Romano Prodi, de la Comisión Europea, en abril de 2001, Jacques Chirac en diciembre de 2001 o el español José Mª Aznar en julio de 2000.

Con este apoyo, la comunidad internacional, y muy especialmente la Unión Europea, ha contribuido a perpetuar una situación que ya se ha convertido en un foco permanente de inestabilidad e inseguridad en su frontera sur, renunciando a desempeñar un papel que ciertamente está a su alcance: el de catalizador de una solución a la crisis. Sin necesidad de un enfrentamiento directo con las autoridades argelinas, la Unión Europea dispone de numerosos medios de presión para inducirlas a aceptar una solución negociada a la guerra civil, a poner fin a las violaciones de los derechos humanos, y emprender un proceso de democratización y una política económica integradora que cree empleo para las nuevas cohortes de jóvenes desempleados y mejore las condiciones de vida de la población. Se trata simplemente de que la Unión Europea se tome en serio el "respeto de los principios democráticos y de los derechos humanos fundamentales [...] que constituye un elemento fundamental" del flamante Acuerdo de Asociación Euromediterránea que la Unión Europea acaba de firmar con Argelia, el 19 de diciembre de 2001, como un paso más en su estrategia de apoyo al régimen argelino, y cuyo incumplimiento permitiría incluso suspender la aplicación del propio Acuerdo, lo que sin lugar a dudas tendría consecuencias nefastas para la imagen -y la legitimación- interna del régimen. Pero no parece que la UE esté muy dispuesta a exigir el cumplimiento al pie de la letra de los compromisos jurídicos de los países asociados mediterráneos siempre que sean diligentes en el cumplimiento de sus compromisos de liberalización de mercados mediante la creación de una zona de libre comercio, contención migratoria -el Acuerdo de Asociación incluye una declaración conjunta que compromete a los Estados signatarios a "adoptar bilateralmente las disposiciones y medidas apropiadas para la readmisión de sus ciudadanos que hayan abandonado su país"- y represión de cualquier opción política que no convenga a los intereses europeos, como la islamista, que parece ser el único contenido concreto del objetivo de "estabilidad y seguridad de la región mediterránea" que persigue el "diálogo político" previsto en el marco de la Asociación. Hasta ahora, a lo más que ha llegado es a expresar su "preocupación" -ese fue el término utilizado en la declaración del Consejo Europeo de Gotemburgo en junio de 2001- sobre los sucesos de la primavera pasada, en lo que se interpretó como una advertencia al régimen de que debía recuperar el control de la situación si quería seguir contando con el incondicional apoyo europeo e incluso como una primera vacilación de los países europeos sobre cuáles podían ser las consecuencias de este apoyo para sus intereses. (11)

El carácter irreversible de la situación a la que se ha llegado quedó perfectamente ilustrado en la segunda semana de noviembre de 2001, cuando la desgracia volvía a abatirse sobre los argelinos bajo la forma de unas lluvias torrenciales que sepultaron bajo el lodo todo un barrio de Argel -Bab el-Ued- y causaron, según las cifras oficiales definitivas, cerca de dos mil muertos. La cólera de los argelinos fue aumentando a medida que se fueron conociendo detalles de la tragedia: en buena parte, las inundaciones se debieron a que los desagües de salida del sistema de alcantarillado de la capital habían sido tapiados en 1997 para impedir que fueran utilizados por la guerrilla islamista, con lo que la población cayó literalmente en la trampa de la lucha antiterrorista; el régimen, además de una insensata falta de previsión -los alarmistas partes meteorológicos no movieron a las autoridades ni siquiera a declarar el estado de alerta-, mostró una notoria incapacidad para paliar las consecuencias de la tragedia, y el Presidente ni siquiera se dignó desplazarse a Bab el-Ued para expresar sus condolencias a las víctimas. Como decía un editorial del diario Quotidien d'Oran, "bajo la ciudad convertida en cementerio, tal vez se haya roto el último dique que mantenía una apariencia de vínculo entre el pueblo y el Estado". Una prueba más de que, hoy por hoy, resulta muy difícil imaginar cualquier escenario de futuro estable para Argelia sin una profunda catarsis que, desde luego, habrá de suponer el cambio, no ya de presidente, sino de régimen. Se ha llegado a un punto en el que la inestabilidad que puede provocar un cambio de régimen puede no ser tan grande como la que se derive a medio plazo de su mantenimiento en el poder. La incógnita es más bien si se producirá de forma ordenada y más o menos consensuada o de forma traumática.

 

(1)Para una descripción de la política de industrialización y de las causas de su fracaso, véase I. Martín (1998): Argelia: Aproximación económica a la crisis, Documento de Trabajo DT 5/1998, Instituto Complutense de Estudios Internacionales, http://www.ucm.es/info/icei/argelia.htm.

(2) Véase el editorial del nº 45 de Nación Arabe, pp. 3-8.

(3) El concepto de "Estado fallido" se refiere a aquellos Estados que son incapaces de ejercer las funciones básicas de la soberanía, como controlar su territorio o hacer cumplir sus leyes. En una conferencia celebrada en abril de 2001 en la Universidad de Sussex sobre estos países, los estudios de caso debatidos fueron, además de Argelia, los de Ruanda, Sierra Leona, Sri Lanka, Indonesia, Colombia, Etiopía y Afganistán. Para el caso de Argelia, véase el paper presentado en dicha conferencia por Volpi, Fréderic: The failure of democracy: lessons from Algeria (1988-1999).

(4) Sobre el proceso que culminó en la guerra civil, puede verse el informe del International Crisis Group "Argelia: una crisis inconclusa", del International Crisis Group, publicado en Africa Report, nº 24, 20 de octubre de 2000; traducido y difundido por el CSCA en http://www.nodo50.org/csca/.

(5) Una investigación pormenorizada sobre los casos y los mecanismos de la corrupción, así como sobre sus consecuencias para el sistema político argelino, puede encontrarse en el libro del periodista argelino Hadjadj, Djillali: Corruption et démocratie en Algérie. La Dispute, París.

(6) Un libro de referencia sobre esta cuestión recién publicado es Aïssaouri, Ali (2001): The Political Economy of Oil and Gas, Oxford University Press.

(7) Ou va l'Algérie?, Editions Rahma, 1992, 208 p.

(8) En referencia a la polémica desatada por la publicación del libro La muerte en Bentalha. Guerra y manipulación política en Argelia, de Nestoulah Yous, edicions bellaterra, 2001, que en francés por título ¿Quién mató en Bentalha?, y en el que se denuncia la implicación directa o indirecta del Ejército en muchas de las matanzas registradas en Argelia en 1997 y 1998.

(9) Véase la entrevista a Olga Rufins, investigadora sobre el Maghreb del CEAMO, publicada en el nº 36 de Nación Arabe.

(10) Nair, Sami: "Argelia, ¿por qué?", Claves de Razón Práctica, marzo de 1998.

(11) En el próximo nº 47 de Nación Arabe se publicará un artículo sobre las relaciones entre la Unión Europea y Argelia que, por falta de espacio, no ha podido incluirse en el Informe de este número.

 
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